Surrealitybytes

Reflexiones de una mente inquieta

Recuerdo, luego existo

Desde que soy autónoma, que es a la sazón desde siempre (y cuando digo desde siempre quiero decir desde siempre), mi panorámica del mundo es como un collage extraño y poco fiel a la realidad. Al fin y al cabo, me paso media vida observándolo a través de los ojos de otros, de quienes lo viven en las calles, lejos del oasis que es mi estudio. Crecí en un barrio que ya no existe, rodeada de gente que ya no está y de ideas que ahora solo encuentro escarbando mucho sobre la superficie. Mi infancia me parece hoy en día imposible de replicar. Quizás haya borrado estratégicamente el recuerdo de todo esfuerzo por encajar, o puede que realmente nunca me viera obligada a hacerlo. Puede que todo aquello, aunque breve, fuera cierto. Puede.

Recuerdo las tardes en casa de Carlos jugando al Doctor Mario. Recuerdo bajar al porche de Alberto a trastear con sus Micro Machines. Recuerdo correr por los pinos con Irene dejando dibujos extraños a los pies de puertas ajenas. Recuerdo prestarle mis Polly Pocket al otro Alberto y recuerdo todo su sufrimiento como si fuera mío. Pero no lo era: a mí nadie me dijo jamás con qué podía o no jugar. Ni con quién. Nadie dejó de quererme cuando espeté con el desdén propio de una pequeña marisabidilla que yo no quería ser ninguna Spice Girl y punto. Cuando dije que no iba a montarme jamás en una bicicleta porque ni muerta me estrellaba contra otro árbol, nadie me obligó a hacerlo. Me compraron un teatro con títeres y jugué con él hasta aburrir a medio barrio. Nadie me convenció de que en esta vida tienes que salir de tu zona de confort porque dónde se ha visto una niña que no sepa montar en bicicleta. Que no lo haya intentado lo suficiente, al menos, porque cómo vas a saber tú si merece la pena el riesgo por la recompensa si no pruebas a hacer esa cosa que odias con fuerza. Cómo vas a saber tú, con seis años, lo que quieres. Nadie me hizo sentir nunca así. Nadie me hizo sentir pequeña y, sin embargo, pude ser —durante muchos años— una niña.

Recuerdo tragarme mi orgullo y sumergirme en la temible guarida de los hermanos tirapetardos porque quería desesperadamente acercarme a aquel cartucho negro del Killer Instinct. Era mi única forma de demostrarles que a los de su calaña nunca iba a tenerles miedo. Aunque solo fuera en mundos imaginarios, tenía poder, y nadie iba a arrebatármelo. En algún momento, llegué hasta el Tekken 3, y al mejor de tres, y a ser la única chica del cuarto. A no sentirme jamás amenazada por aquello, ni siquiera con el cambio de escenario y de personajes, o con el paso de los años. Mis amigos han sido siempre mis amigos, aunque ya no sean los mismos que entonces. Recuerdo volver a casa a diseñarle un traje de momia a mi muñeca de Megara. Ahora entiendo por qué, de todas las princesas Disney, la escogí inconscientemente a ella. Recuerdo las noches de verano jugando al Mad TV a una edad que hoy no se consideraría recomendable. Recuerdo cambiar cromos olorosos de Los Simpson en el patio. Recuerdo esa sensación de tener el viento siempre a mi favor. Recuerdo las tarjetas de las clases de inglés que tanto me animaban y a Gustavo Otero enseñándonos a dibujar monstruos. Recuerdo ser demasiado mayor para pedir ese templo de Playmobil a los Reyes. Recuerdo que me dio igual. Recuerdo todos los cumpleaños en los que alguien se empeñaba en regalarme pendientes aunque no tuviera agujeros. Recuerdo no tener ningún interés en jugar a la botella. Recuerdo no tener recuerdos de nadie juzgándome o diciéndome lo que debía o no hacer. Recuerdo la ausencia de humillaciones en mi rinconcito de existencia. Recuerdo, a pesar de todo, el primer abismo infranqueable. Recuerdo empezar a no encajar. Recuerdo no entender por qué.  Recuerdo lo que pasó cuando cambié los incómodos leotardos por un chándal. Recuerdo dejar de ser la niña menudita y graciosa. Recuerdo empezar a ser la gorda simpática del grupo, aunque nadie me hiciera sentir así a conciencia. Recuerdo comprobar que en la piscina las únicas piernas peludas seguían siendo las mías. Recuerdo sentirme incómoda ante la idea de cambiar algo que a mí no me molestaba solo porque las demás lo hicieran. Recuerdo dejar atrás la burbuja que había sido mi colegio. Recuerdo el concepto de empollona dibujado en ojos ajenos. Recuerdo mi incapacidad para sentarme delante de un libro durante horas para algo que no fuera leer. Recuerdo lo irónica que me resultaba esa etiqueta a mí, de entre todas las personas del mundo. Recuerdo ese primer mazazo como pocas cosas en mi vida. Recuerdo las primeras risas. Los primeros insultos. Los primeros profesores dispuestos a enseñarme que no podría ser lo que quisiera. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Recuerdo hacer como que me daba igual. Recuerdo que a veces funcionaba. Recuerdo que mi única arma era hacer daño, de una forma seguramente más cruel y más sutil, a quienes me lo hacían a mí. Recuerdo el recordarme no volver a hacer lo que yo misma criticaba y fallar miserablemente. Recuerdo defender a mis amigas cuando a mí me dejaban en paz. Recuerdo sentir que mi vida no valía nada. Recuerdo tener la fortaleza de no haberme planteado jamás quitármela. Recuerdo odiar mi cuerpo como pocas cosas en esta vida. Recuerdo construir toda mi personalidad en torno al lugar seguro que era mi mente. Recuerdo sentir que las cosas que me importaban en este mundo no parecían interesarle a nadie más, ni siquiera a esas personas a las que quería y habría defendido con uñas y dientes. Recuerdo esa nueva brecha entre el resto de mi mundo y yo. Recuerdo no tener que presenciar nada extremadamente violento a mi alrededor. Recuerdo que nadie nunca me puso la mano encima. Recuerdo no querer beber ni hacer nada de lo que se suponía que debía hacer a escondidas. Recuerdo pensar que nunca querría y que nadie me creería. Recuerdo los «¿te crees muy distinta o solo mejor?». Recuerdo empezar a encerrarme en mí misma. Recuerdo aferrarme a amistades que me hacían sentir normal incluso cuando sus cimientos consistían en anularme. Recuerdo que al darme cuenta pensé inocentemente que jamás volvería a pasarme. Recuerdo creerme el papel de adolescente enamorada e interpretarlo como la imbécil que no era. Recuerdo pensar en lo estúpidos que eran el maquillaje y los rollos pasajeros. Recuerdo tumbarme a escuchar en bucle aquel disco de Blink-182. Recuerdo la idea de «volverme» delgada como venganza hacia todo. Recuerdo conseguirlo, como de costumbre, sin un gran esfuerzo. Recuerdo que sentí lo contrario al dolor que me rompe ahora al pensar en lo absurdo de esa idea. Recuerdo a la gente que de repente reparó en mi existencia. Recuerdo cómo ya nadie tenía ganas de insultarme a la cara. Recuerdo que empecé a sentir que encajaba con más de una persona. Recuerdo atribuirlo todo a mi milagroso cambio físico. Recuerdo empezar a entender con el paso del tiempo que ese no era el motivo. Recuerdo tener muchas ganas de marcharme de casi cualquier parte. Recuerdo mirar a mis amigos en nuestras fiestas de fracasados y sonreír. Recuerdo tirarles lonchas de embutido. Recuerdo momentos en los que no entendía nada. Recuerdo aquella conversación con Ara que explica bastante bien por qué hoy hace lo que hace. Recuerdo cuando miraba al cielo y solo quería marcharme a Marte. Recuerdo cómo internet me cambió la vida para siempre. Recuerdo aquel espacio virtual que, como mi barrio, ya no existe. Un lugar que se ha convertido en la cara opuesta de lo que fue para mí. Un refugio para lo diferente que ha mutado en su verdugo. Pero nadie me convenció de que lo que yo veía no existía. Nadie me intentó guardar a salvo en una caja de cristal. Nadie me dijo eso de que cómo vas a saber tú, con dieciséis años, lo que quieres. Algunos me hicieron sentir pequeña y, sin embargo, nunca me pareció que yo fuera a ser jamás una adolescente de verdad.

Recuerdo dejarlo todo atrás. Recuerdo pensar que esta vez sí. Recuerdo sentirme en mi sitio. Recuerdo echar mucho de menos. Recuerdo pensar que por fin era quien debía ser. Recuerdo todo lo contrario. Recuerdo la misma frustración de siempre. Recuerdo intentar aprender en lugar de memorizar. Recuerdo que no me dejaron. Recuerdo la soledad de aquella habitación compartida. Recuerdo no ser el paradigma de lo universitario. Recuerdo las raids. Recuerdo llorar mucho sin que nadie lo supiera. Recuerdo llorar mucho y contarlo. Recuerdo cómo todo me dejaba de resultar insoportable si estaba contigo. Recuerdo que eso no ha cambiado. Recuerdo que la inteligencia ajena me animaba a levantarme de la cama. Recuerdo a esas compañeras brillantes que me convencían de que el mundo merecía la pena. Recuerdo mi ausencia en vuestros recuerdos. Recuerdo la sensación de enfrentarme al sistema. Recuerdo que a veces le echaba la culpa de mis debilidades. Recuerdo ser consciente de que somos todos contra el mundo. Recuerdo buscarme la vida para aprender. Recuerdo darme cuenta de que es lo que siempre he hecho. Recuerdo disfrutar escribiendo. Recuerdo empezar a liberarme de la culpa. Recuerdo pedir ayuda. Recuerdo salir del laberinto académico en el que yo sola me había metido por mi empeño en no fallar. Recuerdo tener mucho miedo. Recuerdo que pasó rápido. Recuerdo estudiar lo que siempre quise. Recuerdo la carpeta de spam y el correo más alucinante de la historia. Recuerdo esa inocencia. Recuerdo pensar que aguantar mereció la pena. Recuerdo sentirme arropada. Recuerdo sentirme útil. Recuerdo sentirme realizada. Recuerdo ayudaros en vuestros peores momentos creyendo que estaríais ahí cuando llegaran los míos. Recuerdo los primeros trabajos. Recuerdo esa sensación de tener el viento siempre a mi favor. Recuerdo volver a ser la niña con la que la adulta nunca pudo. Recuerdo una balsa de calma hasta que llegó la tempestad. Recuerdo sentir que no tenía nada que contar. Ni derecho a hacerlo. Y recuerdo las primeras pinceladas de rencor ajeno. Recuerdo las consecuencias de vivir mirando la parte bonita del lienzo, y no las grapas desordenadas que lo mantienen sujeto. Recuerdo no comprender por qué aquello tenía que ser forzosamente algo de lo que culparme.

Recuerdo cómo la ilusión fue muriendo. Recuerdo recuperarla. Recuerdo sentirme utilizada. Recuerdo no poder hablar de ello, porque viene el «y tú de qué te quejas». Recuerdo notar que mi sola existencia era injusta para el resto. Recuerdo cómo molestaba detrás de las sonrisas huecas. Recuerdo sentirme obligada a dar gracias y pedir perdón incluso cuando no debía hacerlo. Recuerdo el cansancio. Recuerdo la felicidad. Recuerdo las noches sin dormir. Recuerdo los viajes. Recuerdo todo lo nuevo. Recuerdo todo lo viejo. Recuerdo lo mucho que dejé de recordar. Recuerdo la calma. Recuerdo la estabilidad. Recuerdo cuando todo empezó a torcerse. Recuerdo sentirme traicionada por todos los frentes. En todos los aspectos. Recuerdo lo que la vida me empezó a recordar poco a poco. Recuerdo el mazazo como si fuera el primero, porque, en el fondo, el golpe era el mismo.

Y no me hace falta recordar mucho más. Me basta con hacer acopio de experiencias idénticas situadas en planos temporales distintos. Me basta con entenderlo. Me basta con despertarme otro día y comprobar que no hay nada nuevo. Me duele, pero ahora lo entiendo.

Pienso en tener hijos. Pienso en que no quiero a nadie cerca solo para sentirme menos sola; eso es, quizás, lo único que siempre he tenido claro. Pienso en lo improbable de encadenar dos infancias imposibles bajo un mismo apellido. Pienso en si mis padres creían tenerme en una burbuja. Pienso que se equivocan si lo hacen. Pienso que me regalaron algo que todo el mundo quiere y casi nadie puede tener. Pienso que yo no soy capaz de hacerlo. Pienso que todo esto me condenará siempre al ostracismo, pero el ostracismo y yo podemos con eso. Pienso que, a pesar de todo, no quiero dejárselo a nadie en herencia. Pienso en si se plantearon alguna vez alejarnos del mundo, de los otros, por miedo a que no tuviéramos la libertad de ser nosotros mismos. Pienso en eso cada vez que me levanto ante las mismas noticias de la misma sociedad que es incapaz de corregirse incluso siendo plenamente consciente de sus problemas. Pienso en si tuvieron miedo a que no encajáramos. Pienso en si se dieron cuenta de que habría sido imposible. Pienso en si ellos, a su edad, se sienten alguna vez igual que yo. Pienso en cuándo se supone que aparece la coraza. Pienso en qué ocurre si la coraza destruye todo lo que hace que tú seas tú. Pienso en un mundo tan lleno de odio que me hace odiarlo. Pienso que me aterra crear un collage imposible para otro cuando soy incapaz de mirar el mío sin rasgarlo de vez en cuando para ver el horror que hay detrás, y pienso en el desperdicio que sería no intentarlo. Pienso en si tenemos derecho a ser felices, porque igual es que no. Igual es que nunca nos ganamos ese privilegio. Pienso en quién pierde y quién gana si nosotros dos nos rendimos. Pienso en lo agotador que resulta plantearse el mundo como una balanza de estupidez y sensatez que hay que mantener equilibrada. Pienso en la eterna lucha del bien contra el mal en un mundo que está muy lejos de ser binario. Pienso en por qué me gustan tantísimo las historias de superhéroes. Pienso en dónde se clasifican en una librería. Pienso que eso lo explica todo. Pienso mucho. Quizás demasiado.

Ideas afines

Comentarios

17 comentarios

  • Mari Illescas

    Qué lástima no habernos conocido de adolescentes: habríamos podido planear el viaje a Marte juntas y compartir el «refugio de la mente». Pero bueno, nunca es tarde si la dicha es buena y verás como las cosas se enderezan. Onwards and upwards. Un abrazo tan enorme como el talento que tienes.

  • Iris C. Permuy

    Fuiste la niña y la adolescente que yo hubiera sido si me hubiera atrevido a ser yo. Y te admiro tremendamente por eso. No podrán contigo. Que sea fantasía no significa que no sea real.

    • Nieves Gamonal

      Es que no es fácil, pero todas sucumbimos a algo, al final. Un abrazote y mil gracias por leerlo.

  • Irene Fernández

    Me ha emocionado mucho esta entrada. Nunca dejes de pensar, ni de expresar esos pensamientos de forma tan maravillosa. Un abrazo enorme.

    • Nieves Gamonal

      Y a mí me emociona que te emocione. Muchísimas gracias por tus palabras, Irene.

  • Pienso que siempre gana quien tiene cerca a alguien cómo tú y pierde quien te tiene lejos.

  • Yo también pienso a menudo que pienso demasiado. Y me invade todo eso que ya sabemos cuando miro a mi hijo. Yo creo que se puede, pero nunca sin sufrimiento. Me niego a dejar de intentar ser una justiciera o a abandonar los sueños con superhéroes y superheroínas.
    Sabes también que entiendo cada palabra que has escrito y cada conclusión que has sacado.
    Seguiremos sufriendo y pensando y quién sabe si haremos pensar aunque sólo sea a una persona más de este mundo tan desequilibrado.

  • Un abrazo.
    De los fuertes.

  • Puede que la sociedad se empeñe en hacernos sentir pequeñas, pero en el fondo (y no tan en el fondo) tú y yo sabemos que no son más que pamplinas, nosotras somos grandes.

  • Everlasting chucrut ;o)

  • Qué bonito, Nieves. Qué bien contado. Me identifico con una gran parte de lo que has escrito (o eso me parece) y ya te leía cuando escribías antes el blog (recuerdo la entrada de las tarjetas de visita de Moo, que me encantaron… Mira si hace años, jaja).

    Mucho ánimo con el proyecto, por aquí tienes a una compañera traductora que piensa leer todo lo que hagas 😀

    • Nieves Gamonal

      Ay, Elena. Siento llegar tan tarde a este comentario. Muchísimas gracias por seguir leyéndome después de todos estos años, me acuerdo perfectamente y para mí es lo más bonito del mundo saber que sigues al otro lado de la pantalla. ¡Un abrazo!

¿Qué estás pensando?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *